Breve explicación del escudo Ferrando

Su origen, según los estudios heráldicos más fiables, está ligado al nombre Fernando, muy común en Aragón, cuyo último rey fue el legendario Fernando “El Católico”, marido de Isabel “La Católica”, la reina castellana que posibilitó el descubrimiento de América. Se han encontrado personas apellidadas Ferrando en la villa de Torrellas del partido judicial de Tarazona, en la provincia de Zaragoza y en las villas de Igriés y Blecua en la provincia de Huesca. Ello se ve reflejado en el cuadrante superior izquierda con la bandera histórica de Aragón.

El testimonio más antiguo que se tiene en cuenta en el estudio del emblema de las Barras de Aragón data de 1150, en que aparece en el escudo quizá preheráldico de un sello de Ramón Berenguer IV, príncipe de Aragón y conde de Barcelona. Aunque la escasa nitidez del sello, y su monocromía, hacen dudosa la atribución, pues el escudo palado y blocado refleja los habituales refuerzos defensivos de los escudos de mediados del siglo XII, por lo que desde el sigilógrafo catalán Ferran de Sagarra i de Siscar, que hizo un estudio de los sellos de Ramón Berenguer IV, hasta autores actuales como Guillermo Fatás o Ignacio de Torres-Solanot y García de Bustelo, albergan dudas de que sea un emblema heráldico, y no el mero escudo de guerra almendrado formado por listones y refuerzos metálicos de la época que formaba parte del equipamiento bélico del caballero representado.

Sea como fuere, el linaje de los reyes de Aragón es el único linaje que podía ostentar los mentados palos de gules en campo dorado, y Ramón Berenguer IV de Barcelona se une a Petronila de Aragón con arreglo al derecho aragonés medieval conocido como “Matrimonio en Casa”, al haberse cortado la posibilidad sucesoria del linaje por vía masculina, lo que le concede un lugar como hijo y vasallo del Señor Mayor de la Casa de Aragón, Ramiro II (que será rey, señor y padre) y lo hereda su hijo Alfonso II y sus nietos como emblema familiar aún no vinculado a la dignidad de Rey de Aragón.

La figura de un león rampante también tiene su particular historia: Tras la muerte sin descendencia de Alfonso I, el Batallador, tanto su hermano Ramiro como su pariente el rey castellano leones, Alfonso, pretenden el trono. Mientras Ramiro se refugia en las montañas, Alfonso VII llega a la ciudad en diciembre de 1134 y toma posesión de la misma, como rey y señor, hasta el verano de 1136. La figura de un león rampante es la marca de los reyes de León y su uso en el emblema de Zaragoza se justifica por la pertenencia del reino zaragozano al monarca.

El león dorado, está coronado por ser el signo del honor regio que corresponde al titular del “regnum cesaraugustano”. Su uso en el municipio se extiende y en el siglo XVI se representa el león rampante coronado en el “Libro V de los derechos que tiene la ciudad” y en la portada del “Rubricario y repertorio de los estatutos y ordenaciones de Zaragoza” publicado en 1548.

Otra rama importante de Ferrando procede del norte de Italia y se situó e n la frontera con Francia, en la región de Piamonte. Hay registros del apellido en  la República de Alba, que se creó en el año 1796 como una república cliente de Francia en el Piamonte, lo que hizo que el rey Carlos Manuel IV tuviera que refugiarse, dos años después, en Cerdeña, donde estuvo hasta el año 1814. La zona fue absorbida por Francia en el año 1801. En junio de 1802 se estableció en el Piamonte una nueva república cliente, la República Subalpina, y en septiembre fue nuevamente anexionada. En el congreso de Viena, el Reino de Cerdeña-Piamonte fue restaurado, y más aún, recibió la República de Génova para fortalecerla contra Francia.

Es de esta rama de donde procedo y mi  antepasado italiano se llamó Tomasso Ferrando y que emigró sin documentos legales a Argentina, por eso fue enviado a Córdoba, la ciudad que me vio nacer. Todo esto se ve reflejado en el cuadrante superior derecha, donde está la bandera de la región de Piamonte.  

Otra rama del apellido Ferrando se sitúa en Galicia, por lo que los colores de la bandera gallega están presentes, además de una vieira y la cruz de la Orden de Santiago en el cuadrante inferior izquierda.

La insignia de la Orden es una cruz gules simulando una espada, con forma de flor de lis en la empuñadura y en los brazos. Los caballeros portaban la cruz estampada en el estandarte y capa blanca. La cruz del estandarte tenía una venera en el centro y otra al final de cada uno de los brazos.

El cuadrante inferior derecha y el circular central están dedicados exclusivamente a mí. En el caso del primero es una pluma por mi afición a escribir y el segundo es el oso pardo, símbolo inconfundible de la ciudad de Madrid, villa en la que resido desde 2002. 

El oso y el madroño es una estatua situada en la Puerta del Sol de Madrid. La razón es que en la zona hubo en su día varios bosques habitados por osos. En esos bosques habría árboles de madroño, que dan una fruta parecida a las fresas; de ahí el símbolo del oso y el madroño que suele verse por Madrid.

Rodean al escudo unas ramas de olivo, símbolo de la paz.

Dr Garrido In Memorian


En homenaje al Dr. Manuel Garrido Fernández voy a desvelar una parte más de ese relato dedicado a él, se lo merece:


“Carlos me visitó sobre las tres de la tarde. Me trajo ropa, el cargador del
teléfono, unos libros, varias lentillas de repuesto y me compró algunos
artículos comestibles que me gustaban mucho aunque mi apetito, debo
admitir, era nulo a pesar de ello. Recuerdo que advirtió mi palidez y me
dijo que no hablaba como de costumbre. Ser argentino es en estos casos un
estigma. Quién me conoce sabe que, para bien y para mal, en mi tierra se
habla mucho y algo me habrá quedado de aquella cultura que para mí hoy
es lejana y distante, aunque jamás renunciaré a ella. Carlos V, del que he
escrito mucho y al que he admirado con tesón, nunca renunció a Borgoña e
hizo el duro recorrido de adaptarse a una tierra que no era suya en el siglo
XVI. Yo no iba a ser menos en el siglo XXI, más cuando mis dos tierras
tienen muchos lugares comunes y un idioma análogo aunque el mío
presenta unos dejes italianos que aún hoy conservo. Compararme con todo
un emperador sin despeinarme en absoluto también es otra muestra de ese
egocentrismo innato al que no pretendo rehusar. Por otro lado, Carlos I de
España me parece un personaje tan apasionante por su versatilidad y su
humanidad que me conmueve. Y debo afirmar que su estudio me ha dado
horas de gran satisfacción y lo siento muy cerca de mí.
Carlos -mi compañero, no el emperador- insistió en quedarse pero le convencí de que se fuese a trabajar.


El amanecer llegó inusitado y radiante a la habitación 802. El sublime
canto de los pájaros me entretuvo un rato. El sueño me atacó por sorpresa y
sólo recuerdo que me levantó una de las enfermeras para sacarme sangre.
La miré confundido y le dije:
-“¿Otra vez?” -mientras hice un gesto de desasosiego y resignación-
-“Yo hago lo que me dicen los médicos. Es por tu bien y además tienes
puesta la vía. Ni siquiera te va a doler. Venga, extiende el brazo” -me
respondió la enfermera con la habitual simpatía que la caracterizaba-
Posiblemente, lo que más me molestó es que me despertara de mi breve
dormitar e hice gala del mal humor que me caracteriza por las mañanas.
Como escritor que soy, si tuviera que suprimir una parte del día, esa sería la
mañana. Mis mejores creaciones han surgido al amparo de la noche y
siempre me ha alterado ese delirante e insoportable ritmo matinal que se
impone en las grandes ciudades. Antes de apostar por vivir de la literatura y
la edición, tuve diversos trabajos que me obligaron a sobrevivir en esa
jungla de asfalto en la que se convierten urbes tan bonitas como Madrid,
que, sin embargo, han inspirado lo mejor de mi obra. Siempre preferí
recorrer esta maravillosa ciudad en horas vespertinas, tiene una historia
escondida que refleja la lectura de un poema en cada esquina. He podido
imaginarme sin tapujos ese Mayrit musulmán, tierra de San Isidro, el
patrón más humano y cercano de cualquier capital cristiana, por ser un
simple agricultor laico y padre de familia que fue recordado tan solo por
hacer el bien a sus semejantes y no por lo excelso y pulcro de sus hábitos o
ropajes. Ese Mayrit de los gatos, que es así como se les denomina a los
madrileños de cuna, porque, parece ser, trepaban con gran habilidad por sus
murallas defensivas en tiempos de la reconquista. Madrid tiene tanto
encanto y la verdad que he disfrutado de su pasado y he podido entender
así su prominente presente. Desde Enrique IV a Carlos III, pasando por
Isabel “La Católica” y Felipe II. Desde Cervantes y Lope de Vega, pasando
por Quevedo y Gongora, dos literatos enfrentados casi a muerte. Desde
Velázquez y Goya, pasando por Bartolomé Esteban Murillo y Francisco
Zurbarán. Me dejo en el tintero a tantos genios y a tantas féminas artistas y
pensadoras pero la verdad es que mis amigos siempre me han acusado de
“barroco” y tienen algo de razón. Es el período del arte que más me gusta
pero no por ello no dejo de valorar a quienes han contribuido en todos los
ámbitos a engrandecer a Madrid. Uno de los ámbitos, por cierto, que
comencé a estudiar cuando estuve ingresado en la Fundación Jiménez Díaz
fue el de la medicina y he podido comprobar de primera mano la brillante
de actuación de una generación de médicos españoles que es menester
destacar. De todos ellos, la personalidad que más me cautivó fue la de
Santiago Ramón y Cajal y es una verdadera pena que el Ayuntamiento de
Madrid haya decidido vender al mejor postor la que fue su casa, en el
Distrito de Retiro, en vez de acometer un museo que rinda homenaje a su
importante contribución científica, que no es otra que la de salvar vidas.
Sobre ello estoy desarrollando una novela que, seguramente, verá la luz
muy pronto aunque hoy no puedo asegurar ya nada con los tiempos tan exactos que antes anunciaba.



Conocí poco después a dos limpiadoras que me preguntaron mi nombre y
me saludaron con gran empatía. Cambiaron la ropa de mi cama, me
proporcionaron un pijama nuevo, del mismo tono celeste verdoso que el
que llevaba, y pusieron todo de su parte para que me encontrase lo más
cómodo posible. A continuación, otras trabajadoras nos sirvieron el
desayuno que me esforcé por terminar aunque no pude hacerlo. Seguía sin
apetito a pesar de mi alarmante anemia y de que todos me instigaban a probar bocado e, incluso, me daban algunos gustos.


Me preguntaba cómo sería mi aspecto, mi voz y mis gestos para que todo el
mundo me dijera lo mismo, sin excepción. Quizás ni yo mismo me
reconocía porque recuerdo haberme mirado al escueto espejo que había en
el servicio de la habitación 802. Me observé en otro espejo más grande que
hay en uno de los pasillos de aquella planta, que no sabía muy bien que
piso era porque había marcar el número 13 en el ascensor. No obstante, no
estaba en condiciones de averiguarlo ya que daba pasos inseguros y tenía
que detenerme en mostradores, ventanas y hasta en la mismísima pared.
Quería, en lo más profundo de mí, seguir con mi frenética rutina, pese a
que me estaba haciendo daño solo al contemplarlo. ¡Que contradicción! La
lógica se había esfumado por completo. Escribió Oscar Wilde que
“Quienes han tenido una buena crianza contradicen a otras personas.
Quienes son sabios, se contradicen a sí mismos”. Siempre este gran genio
de la literatura universal de todos los tiempos tenía palabras para
consolarme y para apaciguar mis inseguridades. Recuerdo que en estos
instantes de gran confusión me hice varias promesas hasta hoy
incumplidas. Entre ellas, mejorar mi pésimo inglés para poder leer a Wilde,
con ahínco y placer en versión original, y visitar su tumba, en el
cementerio parisino de Pere Lachaise. Hasta se ha quemado Notre Dame
cuando redacto estas líneas y, seguramente, no tengo fecha de partida ni
para una cosa ni para la otra.
Jacob Epstein, un escultor modernista, creó en 1912 una tumba con un
ángel volando para Wilde. Ésta sobrevivió casi perfecta hasta 1985, a
excepción de los genitales del mismo. A partir de este momento, las
pintadas y graffitis comenzaron a proliferar, por lo que los descendientes de
Wilde intentaron preservar la misma y acreditarla como monumento
histórico, algo que consiguieron gracias a las multas que desde ese
momento recibirían aquellos que profanaran el nicho. A partir de 1999,
comenzó a extenderse una excéntrica costumbre de besar su tumba, por lo
que se levantó un cristal de dos metros de longitud para evitarlo. Declaró su
nieto que “quizá algún día, cuando se pase la moda de besar a Oscar
Wilde, puedan quitar la protección de cristal”. Yo, sinceramente, creo que a
Oscar Wilde le hubiese gustado saber, que a más de cien años de su
solitaria muerte, el común de los hombres tiene el ademán de darse besos
ante su cuerpo inerte. Él dio la vida por besos prohibidos. Yo, desde luego,
si alguna vez me acerco de nuevo a la ciudad de la luz daría besos
imaginarios ante su lapida y pensaría en los besos que aún me quedan por dar.


En mi desesperada búsqueda de algún hipotético diagnostico que atenúe mi
total desesperación, me acordé de mi amigo Pedro Zerolo, muerto el 8 de
junio de 2015 a la edad de 54 años, el mismo día en el que yo cumplo años.
Nunca olvidaré ese velatorio en el Patio de Cristales la Casa de la Villa del
Ayuntamiento de Madrid, lleno de luchadores por los derechos de las
personas LGTBI como Boti García Rodrigo o Carla Antonelli, con quienes
tengo el honor de haber compartido momentos inolvidables. A partir de
aquel triste acontecimiento, esta efeméride personal tiene algo de
agridulce. No me acostumbro a su perdida. Su sonrisa de perla y sus rizos
rebeldes, de los que siempre hizo gala, contrastaban con su última época,
cuando el cáncer hizo mella en él y lo convirtió en un ser más endeble y
frágil. Me pregunté ese día si era cáncer lo que padecía mi cuerpo y me
aterrorizó la idea. Yo no tengo la fuerza interior, la astucia ni la altura de
miras que tuvo Pedro en todo lo que hizo. Era un escenario en donde no me
quería ver reflejado.
Espero, sinceramente, que pronto pueda publicar un libro biográfico de
Pedro Zerolo, porque creo que se lo debo. Se lo debemos todos los que
tenemos una orientación o identidad sexual diferente porque se arriesgó
con toda su alma para que hoy disfrutemos de una realidad más agradable
que la que a él te tocó vivir. Ese libro, que me tocará retomar más adelante,
cuenta con la presentación, a modo de prólogo, del presidente José Luis
Rodríguez Zapatero que escribió lo siguiente: “Vivimos los tiempos más
líquidos que hubiera cabido imaginar, los acontecimientos se suceden sin
apenas dejarnos espacio para la reflexión, pero la memoria de Pedro, la
presencia de su ausencia, ahí está, firmemente anclada en nuestro recuerdo,
en el de los que tuvimos la fortuna de conocerle y de quererle”. Fue
gestionado por mi amigo Perico Echevarría y creo que será el mejor
homenaje que se le pueda hacer a este gran activista de los derecho humanos de todos y todas.


Quizás el Doctor Garrido no sea consciente de ello, pero cuando yo
comencé a asumir mi verdadera enfermedad, con todas las consecuencias
que eso conlleva, fue durante la charla que mantuvimos la semana siguiente
a mi ingreso hospitalario, un día después de ver al médico internista en la
Fundación Jiménez Díaz. Tuve que esperar más de veinte minutos hasta
que me atendiese pero mereció la pena porque la conversación se desarrolló
con grandes dosis de verdad, aunque manteniendo una acérrima profesionalidad que siempre le ha acompañado en todos sus actos médicos.


Continuará…

In Memorian Manuel Garrido Fernández.

D.E.P.

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